jueves, 6 de noviembre de 2014

Lo insignificante



Todos echamos de menos algo. Extrañamos una ciudad, un ex-novio, un hogar, nuestra familia, los amigos o tu pareja que vive a cientos (o miles) de kilómetros. Extrañamos a diario y de forma continua.

Lo que añoras es su forma de preparar el café, la manera de mesarse la barba cuando está pensando, su voz al nombrarte, el color de sus labios cuando tiene frío, su canción favorita, sus manías, la forma de abrocharse la camisa o atarse los zapatos, su cara de lunes, lo gracioso que está cuando se toma un par de copas o cuando canta mientras conduce.

Echas de menos las discusiones de miércoles para decidir que película vais a ver en el cine, el olor de su jersey, lo concentrado que está cuando ve fútbol y lo feliz que se pone cuando marca su equipo, que al final, acaba siendo el tuyo.

Extrañas su noviembre y su mes de julio, su forma de mirarte cuando te pones guapa, el moreno y el sol en su cara, su manera de pedir perdón por ser tan despistado o su forma de abrazarte cuando lleváis días (o meses) sin veros.
Añoras su sonrisa y también cuando ríe a carcajadas. Lo ensimismado que está cuando lee el Marca, su manía de mojarse por no llevar paraguas, su indignación cuando ve el telediario y los recuerdos que quedan de los viajes que habéis compartido.

Echamos de menos lo insignificante, lo cotidiano, lo que no apreciamos durante el día a día. Al final lo esencial, lo necesario, lo realmente importante es invisible a los ojos y será lo que extrañes cuando él ya no esté.

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